Atesorar

Sobre un anaquel reposan pequeñas cosas. Un prendedor con la constelación de sagitario, un marcapáginas con la forma de un abanico japonés, un óleo que recuerda una pareja tomada de la mano en la playa de Saint-Malo, una piedra.

Me quedo mirando el anaquel con esos trozos de historia mientras salgo de la habitación para atender el llanto de mi recién nacido, y pienso, no sé exactamente en qué, pero un nudo se hace en mi garganta. Algo dentro de mí ha sido tocado por esas pequeñas cosas puestas con amor, ajenas al descuido, vueltas importantes, imprescindibles, presentes.

Quizá sea el tiempo que cae de cada una de ellas lo que golpea en sitios diferentes el corazón. Tal vez sea la certeza de que, contrario a lo que creemos por cansancio, el tiempo no se pierde, se guarda, y de allí nuestra práctica de atesorar pequeñas cosas en cajas y sobres, en maletas y baúles.

Cuando llego al cuerpo, también pequeño de mi hijo que llora, me huele y detiene su llanto. Cambio su pañal lleno de otras lágrimas y lo abrazo. Miro hacia fuera y veo esa estrella que siempre brilla más que las otras y sé que para alguien allá arriba, mi hijo y yo somos una pequeña cosa sobre un anaquel que tiene el poder de golpear el corazón del universo y regalarnos un día más sobre esta tierra.

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Stanislas

Afuera continúa lloviendo. Me estiro un poco en el sofá sobre mi lado izquierdo. Desde allí veo los troncos guardados bajo la chimenea, y sobre el hogar, las cenizas del último fuego. A mi memoria viene la figura de una vieja higuera. Una de sus grandes amigas. La conocí una tarde de invierno, con sus ramas desnudas. Esperando. Guardando su fuerza para llenarse de hojas en la primavera y de frutos en el verano.

Poco a poco he ido conociendo a sus grandes amigos. Alerces, arces, álamos temblones, cedros y pinos. Más tarde, o al mismo tiempo, a sus grandes compañeros de viaje: los viejos troncos olvidados. Antiguos. Secos. Esos grandes magos sin prisa que yacen sobre la hierba y la nieve mientras dejan al tiempo guardar reposo en su corteza.

En sus largas caminatas, sobre las riberas de los ríos y las montañas, o muy cerca, justo al frente de la puerta de su casa, siempre ha habido uno de ellos esperándolo. Esta magia comenzó hace un tiempo cuando era un niño y decidió correr al bosque con un tambor sagrado bajo el brazo para dejar salir de su corazón el primer grito de árbol. Estaba solo, sentado sobre una piedra de río. Abajo los peces sin temor bailaban al ritmo de este grito ya convertido en canto. Los pájaros arriba bajaban su mirada hacia este cachorro de hombre que llamaba decidido a los más grandes sabios de la tierra.

Ellos como regalo desde entonces, le han regalado todas las notas marinadas en cada vuelta dada por la luna.

¿Hay acaso amor más profundo?

Cae la noche sobre todas las cosas, sobre el sofá. Es el momento de darle a la vida un poco más de calor y de luz. Juntos, en la oscuridad temprana de nubes muy grises, nos sentamos a ver un nuevo fuego y bailar una canción.

Esta es la historia de nuestra gran fortuna, la que este niño mágico, ahora adulto y padre, nos regala cada día.

 

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Capitán

Yo

Fue de nuevo el movimiento del mar quien anunció la llegada de la vida. Una ola detrás de la otra sobre mi cuerpo hasta entonces acostumbrado a la temperatura fresca del mediterráneo me lanzaba no mar adentro, sino hacia la playa, hacia la tierra que ardía bajo el sol. Tenía frío en pleno verano. Mi calor y toda mi fuerza se concentraban secretamente en darle vida a esta luz arremolinada que está a punto de abrir el cielo para señalarnos un camino nuevo.

Cada latido de tu corazón ha dibujado un kilómetro. Hemos sumado ya muchos para cubrir las distancias que recorren el triángulo sobre el cual hemos aprendido a construir nuestra casa. En cada vértice conservamos una tierra, un trozo de cielo y un árbol.

Has sido capitán de navío, has ordenado y hemos cumplido. Llevas un mapa, una brújula, conoces las estrellas y todos los secretos del universo que guían al buen viajero. Bajo tus órdenes hemos elevado anclas una y otra vez. Hemos izado las velas como nos has señalado y hemos franqueado cientos de puertos hostiles en este mundo vano. Tu fuerza -como las de las olas- puede mover, ha movido y mueve, la tierra que parece obstáculo.

Nosotros

Hoy es el sonido de la lluvia y la danza del fuego quienes cantan para darte la bienvenida cuando quieras llegar. Todo está listo. Los libros sobre las repisas, los móviles mágicos, los instrumentos afinados y nuestros seis brazos.

Somos una barca lista para alzar el vuelo entre las montañas cuando quieras llegar, Roméo.

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Travesía

 

Ha llovido desde anoche, desde ayer, desde hace dos días, y continúa lloviendo. Yo había aprendido a amar un cielo siempre azul en donde casi nunca asomaban las nubes grises cargadas de agua.

Ahora esta lluvia, con su oscuridad, todo lo ilumina. Hace que mañana -o en un instante- las hojas de los árboles sean más verdes y la distancia que separa mis ojos de los cerros sea más corta.

Por primera vez amo a esta lluvia sin consuelo que amenaza canales y terrazas, que detiene el tráfico y llena los huecos de las calles mal hechas, que enferma al incauto y ayuda a las flores.

No es la primera vez que amo la tierra en donde cae toda esta agua, pero casi siempre al recuerdo de este amor profundo le ha precedido la travesía.

Ahora esta lluvia, con el silencio que abre en un día de guardar, trae a la memoria la última gran aventura: la de cambiar y cambiar sin pausa, como se respira para seguir viviendo: la de transformar el cuerpo y el alma, tocar cada cosa y convertirla en casa.

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Un baile para un elfo

Sus ojos aun ven como los de un águila. Su mirada es directa pero también atiende aquello que sucede en las esquinas de sus ojos: el vuelo de un gato sobre la azotea de una casa que acabamos de pasar, la presencia poderosa de una pequeña piedra entre miles, que escoge y guarda entre sus manos durante horas, hasta que sus manos encuentran las mías o las de su papá para ponerla allí con una sonrisa satisfecha.

Su voz ahora canta sin recato, desde la mañana hasta la noche. Y duerme al medio día para recuperarse todo después de sus mañanas de descubrimientos y juegos y nuevos amigos. Ya los invoca cuando no los ve, o cuando ve algo que le hace recordar un juego compartido. Sabe dónde está el norte y el sur en sus amores. El camino que lo lleva a su casa, a la de los abuelos y a la de sus tíos. Sabe que las llaves abren puertas, y cuál es el movimiento que rompe el hechizo.

Cree en mis promesas, inquebrantables, y rompe el engaño a quien se atreve a intentarlo.

Busca a los árboles, ve con claridad el cobijo que le dan sus ramas y mora allí durante ratos largos, sonriente, cómodo, sin prisa. Acaricia las hojas con su rostro, y ellas le devuelven ese amor profundo con una cosquilla en sus pestañas. Ríen juntos, los árboles y él, tan jóvenes ambos, y en compañía, comienzan su camino hacia el sol desde abajo, a ras de suelo. Y poco a poco van creciendo erguidos y confiados, juntos.

Y su universo se enriquece cada día, con dos culturas, dos idiomas, dos universos de amor que trascienden geografías. Sumará más, eso es seguro. Ya lo hace, pues cuando está solo baila suavemente con sus brazos, en silencio o cantando, para hacer feliz a los duendes, a los elfos y todas las criaturas que a nuestros ojos adultos ya se escapan. Es su mundo, y de nosotros depende no perderlo, nuestro regalo eterno.

Feliz Cumpleaños hermosura pura, Josquin.

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Solidaridad

“Quizá algún día se cumpla la promesa de la que Marx fue el gran profeta, y entonces el hogar no sólo habitará en nuestros nombres sino también en nuestra presencia consciente y colectiva en la historia y volveremos a vivir en el corazón de lo real.”

John Berger

 

El amor tiene la fortuna de convertirse en cualquier cosa en el momento preciso. En árbol, en canción, en sonrisa, en oscuridad y agua. El amor que miro desde mi ventana tiene un tronco grueso que recorre su medida hacia el viento, el sol y la luna; nos arropa con música cada noche, y en la madrugada invita en su centro a los pájaros viajeros. Estos conciertos al alba nos despiertan poco a poco y suavemente hacia la geografía oculta bajo la piel de nuestros pies.

Y migramos.

Escondidos entre las plumas de un jilguero y una reinita estriada, volamos en espiral y trabajamos sin descanso en la ingeniería que permite el agujero entre el mundo de arriba y el mundo de abajo. La meta es simple: escuchar el susurro prometido por los ancestros que dicta las coordenadas certeras del regreso.

Mientras estamos arriba vemos caer hojas sobre la hierba, pañuelos blancos sobre los lagos, basura roja en los campos, y tras el tiempo, comenzamos a escuchar el lamento de todas las vidas que se han perdido, desde hace muy poco, en el fondo del océano.

El jilguero y la reinita nos cuentan que, velados por el confuso sueño de la fraternidad escrito en la historia, hemos huido, nos hemos alejado o desaparecido con lo poco o mucho que nuestro corazón resiste y nuestros hombros cargan, sobre los kilómetros inagotables de los desiertos en la búsqueda de nuestra mirada perdida. Casi siempre resulta todo en una carrera rota en donde intentamos inventar una meta en cada árbol talado.

Casi siempre.

Hay sin embargo una magia posible que rompe el infortunio de esos tránsitos ciegos. Es apenas un gesto, uno pequeño, consiste en alzar un brazo, abrir la mano y levantar un corazón caído en la vera del camino.

Es como toda magia un conjuro.

Luego todo se da.

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Regreso

A Romeo

 

Desde la casa en que vivimos hoy, se ven los pájaros. Los días de otoño caen con las hojas de los robles y los ciruelos. La visita de los pájaros es tan breve que apenas hay tiempo para admirar su perfección. En ellos no hay nada de más, nada de menos. La belleza de los pájaros la completa su vuelo circular. Marcan rutas cortas o extensas pero siempre circulares, parten, viajan, buscan la temperatura que les permite vivir, volar, cada día de su existencia.

Para nosotros volar es un anhelo que a veces alcanzamos en un sueño. Pero con los ojos abiertos lo olvidamos, no sabemos cómo. Hacemos remedos de un batir de alas que no nos levanta del suelo, así que caminamos, o subimos a una bicicleta, o a un bus o un avión para perseguir el vago recuerdo de nuestra existencia alada. Y sí, cubrimos distancias, pero sin la memoria que tienen los pájaros. Este olvido nos obliga a trazar líneas rectas en todo, hacemos viajes infinitos, sin retorno.

Dejamos amores y recuerdos en locales guardados por avisos de latón; el vaho de nuestra respiración difícil en el frío del invierno tras la puerta de una panadería y restos de lo que fuimos en alguna conversación que todavía con emoción relata cómo fue que llegamos a este mundo, en otra latitud, en otro mundo.

Pero un día todo cambia. A veces sucede que un día todo cambia.

Y una fuerza absoluta nos devuelve a la curva, al largo camino del regreso, nos permite o nos obliga o nos regala el trazo del círculo, en el tiempo y en el espacio. Volvemos al lugar lejano en donde llegamos a este mundo. Volvemos al principio de todo, no para morir, sino para seguir viviendo y dar más vida a la vida.

 

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Dos de octubre

He querido sentarme a escribir sobre este día desde hace muchos. El insomnio que me visita cada noche sirve de libreta de papel y cuando el sueño llega por fin, despierta más tarde con el regalo del olvido de todas las frases hiladas al alba.

Luego llega el día y con él, el trabajo incesante de mi cuerpo en gestar otra vida. La luz del sol se ocupa solo de la fotosíntesis que sucede bajo mi piel y alimenta a un nuevo ser.

He querido escribir sobre todas las lágrimas que me han visitado cuando investigando he encontrado la raíz de todos nuestros dolores y nuestros desencuentros. De cómo hace ciento treinta años alguien con la boca llena de palabras sagradas se atrevía a borrarnos de la historia a todos aquellos que teníamos “sangre de la tierra”, es decir a todos los que en sus anales llamaron con nombres tan comunes y tan improbables hoy en día como: mestizos, castizos, mulatos, salta atrás, jíbaros, albarazados, cambujos, zambaigos, tente en el aire, no te entiendo, torna atrás… entonces se nos era negado todo, la educación sobre todo, como sucede aún hoy, con otras razones.

He querido escribir sobre el dolor que produce la ignorancia y el prejuicio de quienes no nos conocen y creen que hemos nacido en un infierno cuando en realidad hemos nacido en un lugar igual a todos los lugares de la tierra, es decir lleno de luz y oscuridad, de retos y oportunidades, de amor y desamor; ¡que alce la mano quien ha nacido en el paraíso! Todos y ninguno, la tierra es una sola y la luna es la que manda.

He querido escribir sobre este día poderoso, lleno de esperanza y de temor, pero sobre todo de esperanza, porque la luna nos acompaña y eso es imbatible.

He querido escribir muchas cosas, pero primero está la vida, a la que le robo este instante efímero antes de que el cansancio y las náuseas me recuerden que tengo que continuar en la tarea de olvidar un poco el exterior y volver mis manos a mi vientre.

La lluvia siempre ha sido de buena suerte, y en Colombia las nubes hicieron fiesta desde temprano. Y donde no haya llovido, no pasa nada, mando yo mis lágrimas.

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Amor mestizo

Para Josquin y toda su familia, la de Canadá, la de Colombia, y la que haga a su paso por la Tierra

Esta historia te la escribo a ti, porque tienes que saber que eres fruto de un amor temerario. Y los amores temerarios tienen que pasar duras pruebas, confiar en el universo, confiar en la vida y moverse con la luna.

Los amores temerarios son los que viajan, los que aprenden nuevas lenguas, los que prueban platillos de todo tipo, los que sonríen a los extraños, y los que de vez en cuando se caen al lado de un profundo acantilado y se aferran con toda su fuerza a esa piedra saliente que se ha empujado solo para salvarlos.

Los amores temerarios son amores mestizos, combinan colores, sangre, lágrimas, alegría… son mestizos amor mío, así como nuestra piel y la tuya, y tienen que luchar para mantenerse juntos porque hay quienes no pueden celebrar esa felicidad colorida y al verla le cierran todas las puertas.

Quienes son como tú no se rinden ante la embestida de una gripe o un gris funcionario; quienes son como tú jamás serán separados de su madre, ni de su padre, ni de su familia, ni de la Tierra que quiere ser recorrida para que veamos sus heridas.

Nosotros los amantes temerarios estamos aquí para cruzar fronteras y devolver al mundo la música que ha perdido y la alegría que ha dejado en tristes códigos, leyes y palabras muertas.

Cruzaremos amor mío, cruzaremos juntos todas las fronteras, siempre.

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La maestra

 

Qué infantil juego el del hombre

caminar sobre la luna,

creyéndose superior al recorrerla.

 

No sabe el hombre que es la luna

quien con él juega,

quien lo recorre,

de pies a cabeza.

 

Le mueve los brazos,

las piernas.

Lo hace subir, bajar

y caer para que aprenda.

 

Es la luna la maestra de este mundo.

Y el sol, solo existe

para que podamos verla.

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