Travesía

 

Ha llovido desde anoche, desde ayer, desde hace dos días, y continúa lloviendo. Yo había aprendido a amar un cielo siempre azul en donde casi nunca asomaban las nubes grises cargadas de agua.

Ahora esta lluvia, con su oscuridad, todo lo ilumina. Hace que mañana -o en un instante- las hojas de los árboles sean más verdes y la distancia que separa mis ojos de los cerros sea más corta.

Por primera vez amo a esta lluvia sin consuelo que amenaza canales y terrazas, que detiene el tráfico y llena los huecos de las calles mal hechas, que enferma al incauto y ayuda a las flores.

No es la primera vez que amo la tierra en donde cae toda esta agua, pero casi siempre al recuerdo de este amor profundo le ha precedido la travesía.

Ahora esta lluvia, con el silencio que abre en un día de guardar, trae a la memoria la última gran aventura: la de cambiar y cambiar sin pausa, como se respira para seguir viviendo: la de transformar el cuerpo y el alma, tocar cada cosa y convertirla en casa.

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